¿Aceptas tu realidad?

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martes, 15 de julio de 2014

Teatro Real de Madrid y Benito Pérez Galdos


El Libro de las Familias se creo y edito en Madrid en 1866, poco antes de que Benito Perez Galdos pisase esta ciudad.  Los finales del siglo XIX fueron años convulsos en un Madrid en constante cambio en el ojo del huracán, y del que Benito Perez Galdos se enamoro locamente.  El Galdos vividor y mundano, pero con los pies bien puestos sobre la tierra, fue el eterno paseante de Madrid que se percataba  de lo vivido en sus adoquines. Supo plasmar de modo fiel la vida de Madrid, describiéndolo en muchas de sus novelas realistas. donde el Madrid de esa época, en todas sus dimensiones, la burguesa, la popular, la más costumbrista fue otro gran protagonista.
Conocer un poco más de Madrid a través de los ojos de Galdós en sus cortas narraciones será parte del "Libro de las Familias", que podemos compararlo del Madrid de entonces.  
"Entré en la Universidad, donde me distinguí por los frecuentes novillos que hacía, como he referido en otro lugar. Escapándome de las cátedras, ganduleaba por las calles, plazas y callejuelas, gozando en observar la vida bulliciosa de esta ingente y abigarrada capital. Mi vocación literaria se iniciaba con el prurito dramático, y si mis días se me iban en "flanear" por las calles, invertía parte de las noches en emborronar dramas y comedias. Frecuentaba el Teatro Real y un café de la Puerta del Sol, donde se reunía buen golpe de mis paisanos" (B. Pérez Galdós, Memorias de un desmemoriado, II)
Empecemos entonces con su frecuentado "Teatro Real"
Teatro Real a finales del siglo XIX

El abono que tomaron en el Real a un turno de palco principal fue idea de don Baldomero, quien no tenía malditas ganas de oír óperas, pero quería que Barbarita fuera a ellas para que le contase, al acostarse o después de acostados, todo lo que había visto en el Regio coliseo.  Resultó que a Barbarita no la llamaba mucho el Real; mas aceptó con gozo para que fuera Jacinta.  Esta, a su vez, no tenía verdaderamente muchas ganas de teatro; pero alegrose mucho de poder llevar al Real a sus hermanas solteras, porque las pobrecillas, sino fuera así, no lo catarían nunca.  Juan, que era muy aficionado a la música, estaba abonado a diario, con séis amigos, a un placo alto de proscenio.

Las de Santa Cruz no llamaban la atención en el teatro, y si alguna mirada caía sobre el placo era para las pollas colocadas en el término con simetría de escaparate. Barbarita solía ponerse en primera fila para echar los gemelos en redondo y poder contarle a Baldomero algo más que cosas de decoraciones y del argumento de la opera.  Las dos hermanas casadas, Candelaria y Benigna, iban alguna vez.  Jacinta casi siempre; pero se divertía muy poco.  Aquella mujer mimada por Dios, que la puso rodeada de ternura y bienandanzas en el lugar más santo, hermoso y tranquilo de este valle de lágrimas, solía decir en tono quejumbroso que no tenía gusto para nada.  La envidiada por todos envidiaba a cualquier mujer pobre y descalza que parase por la calle con un mamón en brazos liado en trapos. 

Extracto de Fortunata y Jacinta (1887)


Teatro Real primeros del siglo XXI
viva40mas
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