¿Aceptas tu realidad?

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viernes, 24 de octubre de 2014

Los leones del prado de Madrid

Conocer Madrid en los trazos de su historía, en un atravesar de calles cotidianas de un tiempo inquieto y cambiante, en ese Madrid tan amado y contado por Galdos en sus escritos, en los bullicios de los cafés donde se cocía la revolución y los ideales, esta es mi intención, y espero que os guste.




Café La Fontana de Madrid
La Fontana de Oro es la primera novela de Benito 
Pérez Galdós, publicada en 1880. La acción transcurre en la ciudad de Madrid durante los años del Trienio Constitucional (1820 — 1823). Toma su título del café situado cerca de la Puerta del Sol que, con ese mismo nombre, sirvió de lugar de reunión a artistas y tribuna oratoria para políticos liberales

La trama narra dos escenarios en el que Galdos desenreda la pasión patriótica junto a la pasión amorosa entre Lázaro, joven romántico y liberal, y Clara, huérfana en casa de un tio de ideología absolutista y carácter intransigente.  ¡Pero que mejor que leerlo uno mismo!


Cafe La Fontana en su bullicio de artistas y políticos.

Avivó Clara el paso y llegó a la calle de Alcalá. Miró a derecha e
izquierda, sin saber qué camino tomar. Subió hacia la Puerta del Sol;
pero no había llegado a San José cuando vio que por la calle abajo
venía gente, muchísima gente: ella no había visto nunca tanta gente reunida. La calle le parecía tan grande que no conocía distancia alguna a que referirla, pues para ella las casas hacían horizonte, y aquella gente que venía se le representaba como un mar agitado sordamente, y avanzando, avanzando como si quisiera tragarla. Sin deliberar, volvió atrás y bajó hacia el Prado. El gentío bajaba también: sordo rumor resonaba en la calle. La muchedumbre traía algunas luces, y de vez en cuando una voz pronunciaba muy alto un ¡Ji¡Ja, contestándole otra tremenda y múltiple voz. La gente bajaba, y Clara bajaba delante. Aquello le dio mas miedo que los borrachos; pero cuando se encaró con la Cibeles, cuando vio aquella gran figura blanca en un carro tirado por dos monstruos blancos, se detuvo aterrada. Había visto alguna vez la Cibeles; pero la oscuridad de la noche, la soledad y el estado de excitación y dolencia en que se encontraba su espíritu hacían que todos los objetos fueran para ella objetos de temor, todos con extrañas y fantásticas formas.  

Paseo del Pado y plaza de Cibeles
Los leones de mármol le parecía que iban corriendo con velocísima carrera, galopando sin moverse de allí. La pobre miró atrás, y vio
que la gente avanzaba siempre, haciendo más ruido: no quiso ver más aquello, y tomando hacia la derecha entró en el Prado. Este sitio le pareció tan grande que creía no llegar nunca al fin. Jamás había visto una llanura igual, campo de tristeza, de ilimitada extensión; los árboles de derecha e izquierda se le antojaban fantasmas negros que estaban allí con los brazos abiertos; brazos enormes con manos horribles de largos y retorcidos dedos. 



La Cibeles y sus leones

Anduvo mucho, hasta que al fin vio delante de sí una cosa blanca, una como figura de hombre, de un hombre muy alto, y sobre todo, muy blanco. Se fue acercando poco a poco, porque aquella figura se le representaba marchando con pasos enormes. Era el Neptuno de la fuente, que en medio de la oscuridad proyectada por los árboles se le figuraba otro fantasma. La infeliz tenía muy extraviados los sentidos a causa del terrible trastorno de su espíritu. 


Neptuno del paseo del Prado


Torció a la derecha, por evitar que llegara hasta ella aquel figurón blanco, y encontró enfrente la Carrera de San Jerónimo. Empezó a subir; pero estaba tan fatigada que la pendiente de la calle le parecía inaccesible. Subió, pero con mucha lentitud, porque apenas podía andar; en la parte correspondiente a los italianos creía ella ver la cumbre de una montaña; y cuando medía con la vista aquella eminencia pensaba que en toda la noche no iba a llegar arriba.

No pudo avanzar más y se sentó en el hueco de una puerta. Sentía
gran postración en todos sus miembros, y, además, un frío intenso, que, creciendo por grados, llegó a producirle una convulsión dolorosa.
Arropose lo mejor que pudo, y pensó en el medio de volver a la casa
para esperar a Lázaro en la puerta. Entonces le ocurrió súbitamente la idea de dirigirse a casa de Pascuala. Ella recordaba muy bien el nombre de la calle donde vivía el tabernero con quien la criada se había casado. Sabía que la taberna estaba en la calle del Humilladero; pero ¿cómo iba a la tal calle? Resolvió preguntar a algún transeúnte, y si daba con la casa allí pasaría la noche, aplazando todo lo demás para el siguiente día. Segura estaba de que Pascuala la recibiría con los brazos abiertos. Pero ¿dónde estaba la calle? Instintivamente oró a la Virgen, pidiéndole que estuviera cerca de la calle del Humilladero. Pero la Virgen no la oyó, porque la calle estaba muy lejos. Resuelta a preguntar, se levantó; vio venir a un hombre, pero no se atrevió a detenerle; pasó otro, alguno más, y Clara no preguntó a ninguno. Tenía miedo de aproximarse a ellos. Por último, se acercó una mujer, la joven la detuvo y, respetuosamente, le hizo su pregunta.


calle del Humilladero de Madrid

-¿La calle del Humilladero? -dijo la mujer, que era una vieja arrugada
y con voz gangosa.
-Si, señora.
-¿Le parece a usted que está bien detener a las personas honradas
de este modo? -contestó la vieja muy incomodada- Ya sé lo que quieren estas bribonas cuando detienen a una; que no van sino a meterle la mano en los bolsillos cuando está una más descuidada contestando.

Váyase noramala la muy piojosa, y si no, llamo a un alguacil.

Fuentes: Del libro "La Fontana de Oro" del Benito Prez Galdós.
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